El cyborg en el cine de ciencia–ficción contemporáneo es una constante en la que hibridan cuerpo y tecnología. Las modernas imágenes de la integración hombre–máquina –como las del teniente Murphy en Robocop, o la del mismo Neo en Matrix no deberían sorprendernos, desde que existió un australopitec@ que convirtió un palo en herramienta para un fin –tal y como muestra Kubric en 2001: Una odisea en el espacio– o incluso antes…

En la ciencia–ficción cinematográfica, la imagen del cyborg ortopédico –Robocop– ha sido progresivamente desplazada por la del cyborg conectado con otras máquinas. Larry y Jobbe –protagonistas de la mítica The Lawnmower man (El cortador de césped)– son cyborgs –humanos con prótesis– con capacidad de actuación en otro nivel de la realidad, cuando se enfundan los guantes, las gafas y el casco de realidad virtual.

En Matrix, Neo es también un cyborg con un implante en la cabeza, una interfaz que le conecta a ese simulador totalizante de la realidad que es Matriz. Conectado a la red, puede migrar del cuerpo cyborg al cuerpo virtual. Su control total sobre este nuevo entorno –Matrix– le permite verlo sin codificar. Su mente ha superado su naturaleza, convirtiéndose en información pura.

Y la realidad no se queda a la zaga de la ciencia–ficción. El catedrático de Cibernética de la Universidad de Reading (Reino Unido) Kevin Warwick ya ha “actualizado” su cuerpo en un par de ocasiones mediante implantes tecnológicos. En la primera actualización, Warwick se implantó un chip en el brazo para conectar con el ordenador del Departamento (de la Universidad) y encender luces, calefacción, abrir puertas, etc. El proyecto Cyborg 2.0 le permitía controlar un brazo artificial, vía sistema nervioso, mediante un chip neural.Podemos acariciar la idea de que llegue un momento en que la transposición del yo –del código genético– a un código binario no acarree una pérdida significativa de información, como le sucede a Neo. Solo mutaríamos a otro sistema de signos. Pero en tanto esta utopía se materializa, el nuevo sueño americano –mucho más prosaico– toma forma de clon, y fielmente retratado en La isla, de M. Bay, propone la clonación de órganos como modo de sobrevivir indefinidamente. Si bien, la crionización parece ir ganando adeptos entre los más realistas.

El cyborg, pero también el clon son dos metáforas en las que confluyen los deseos y ansias de perduración del hombre, ante la constatación de la obsolescencia orgánica del cuerpo y de que un día –tarde o temprano– su cuerpo va a desaparecer. Así explica el artista australiano Stelarc que “Internet no acelera la desaparición del cuerpo y la disolución de la propia identidad, más bien genera nuevos acoplamientos físicos colectivos y un aumento telemático de la subjetividad. Lo que se convierte en importante no es simplemente la identidad del cuerpo, sino su conectividad –no su movilidad o localización, sino sus conexiones–.”¿Ficción o realidad?, ¿realidad o ficción?. Por lo pronto, la nueva mitología del hombre–máquina se representa cada vez más cerca de la máquina –sobre todo integrado y retroalimentado con ella– y de la información, a ser posible en red. Pero también cerca del hombre duplicado o clon.

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