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Por una de esas casualidades, este amante del cine de ciencia-ficción, acabó ayer en una sala de cine viendo la última de Harry Potter. Tan entusiasmado estaba que ni recuerdo el título. Pero si que me llamó la atención un marco de fotos que el “mago” tenía en su mesilla. Era un marco parecido a los marcos digitales que ahora permiten almacenar cientos de fotos y hasta vídeo, pero tenía un cierto aire “retro” que permitía anclarlo en otro espacio-tiempo, el de ese mundo mítico y mágico donde transcurre la acción. Como otros muchos elementos en las fábulas de K. Rowling, por ejemplo, una oreja que hace las veces de micrófono, lo mágico se reviste de un cierto “toque” retro, añejo. Por el contrario, hoy, los gadgets tecnológicos, desde el i-pod hasta las consolas se nos muestran asociados en la publicidad a varias imágenes: la de novedad, modernidad, alta tecnología, estilo de vida, diversión u ocio. El ritmo de vértigo de sustitución de un producto por otro que mejora sus funciones nos ha privado del calor de lo retro, del sabor de lo antiguo. Lo dicho, me quedo con la oreja de Harry Potter y con su marco de fotos gótico.

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