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En Portfolio.com leo la historia de un periodista y escritor anónimo que escribe discursos para altos ejecutivos y consejeros delegados de grandes compañías. John -nombre figurado a partir de ahora- imprime su sello en los discursos hasta el punto que no sólo él es capaz de reconocerlo. John escribe para un conocido “billonario” y para un destacado banquero. Obviamente, no podemos esperar que nos de sus nombre. La credencial de “speechwriter” le obliga a guardar confidencialidad.

Cuenta John que algunos ejecutivos están tan acostumbrados a usar sus discursos que incluso introducen las anécdotas inventadas que él ha escrito para ellos.

En el ámbito anglosajón la figura del “speechwriter” está muy profesionalizada. Hasta el punto, por ejemplo, que Mark Katz, fundador del Sound Bite Institute, ha escrito discursos para el presidente Clinton, o altos ejecutivos de compañías como Walt Disney o Deutsche Bank. Afortundamente los esfuerzos de los “speechwriters” (no me atrevo a llamarlos “negros”) están bien pagados: 3.000 $ por unos comentarios de sobremesa;12.000$ por un discurso en una reunión anual después de “previos, revisiones y más ensayos que un show de Broadway”.

Se rumorea que por un discurso de Bill Gates alguien cobró 30.000$, aunque obviamente estas cifras no son nada comparado con lo que muchas empresas gastan en abogados o en inversiones.

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